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La isla de la utopía. Las señales que pueden cambiar de lugar.

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El miércoles al salir del trabajo, fuÍ a buscar tres obras en Libros y Más para inspirarme en lo que escribiría hoy y mientras pagaba “Utopía”, “El príncipe” y “Discursos” se acercó al mostrador un señor que preguntó: “Disculpe, ¿dónde tiene las cartas del Tarot?” Mi primer reacción fue: “Probablemente eso sea lo que necesitemos para este fin de semana más que a Moro, Maquiavelo y Demóstenes.” 

Les tengo una propuesta para este fin de semana. Seamos utópicos. Yo voto por la utopía. Veamos, una cosa es el concepto como tal y otra es la pieza literaria. El libro por un lado es un diálogo que gira principalmente en torno a cuestiones filosóficas, políticas y económicas en la Inglaterra contemporánea de Tomás Moro y la narración que uno de los personajes del diálogo realiza de la isla de Utopía, por otro lado, el tiempo se ha encargado de popularizar el término de utopía se usa como sinónimo de perfección u objetivo inalcanzable, sin embargo no es que el libro se llame así fielmente por el concepto. En el obra se crea una comunidad ficticia con ideales filosóficos y políticos, entre otros, diferentes a los de las comunidades contemporáneas a la época del autor. 

Esta creación intelectual es presentada en su obra mediante la narración y descripción que realiza de dicha comunidad un explorador, llamado Rafael… Utopía es una comunidad pacífica y a diferencia de las sociedades medievales en Europa, las autoridades son determinadas en la isla mediante el voto popular. La obra contiene numerosas referencias a los pensamientos del filósofo griego Sócrates, expuestos en la obra La República, de Platón, donde se describe asimismo una sociedad idealizada. 

Va un fragmento de la obra:

 “La Isla de Utopía cuenta en su parte media, alrededor de unos doscientos mil pasos. Su perímetro, de quinientos mil pasos, parece como trazado con un compás, y en conjunto ofrece la forma de luna en cuarto creciente. Un estrecho de once mil pasos separa los extremos, y, en el dilatado golfo interior que protegen las altas montañas contra los vientos por todas partes, el mar extiende sus aguas tranquilas, tan quietas como las de un lago. Bajíos y escollos dificultan su entrada. Casi en la mitad del estrecho se alza una roca visible desde lejos y que no ofrece ningún peligro. Las rocas restantes, que están ocultas bajo el agua, son peligrosas en verdad. Los naturales del país únicamente conocen los pasos; por ello no ha de llamar la atención, que los navíos extranjeros recurran a un piloto utópico al penetrar en el estrecho; y aún los mismos habitantes de la isla no se aventurarían en la región sin riesgos por esos pasos, si ello no fuese por ciertas señales situadas en la cosa que marcan el buen derrotero. El solo hecho de cambiarlas de sitio, bastaría para que cualquier flota enemiga fuese derechamente hacia su perdición (…) los utópicos tienen a la guerra por una cosa bestial, la abominan, y estiman que no hay cosa más despreciable que la gloria guerrera. No emprenden la guerra por fútiles motivos, a no ser que defiendan sus fronteras, para expulsar a los invasores del territorio de un país amigo, o sino en el caso de que, movidos por la compasión hacia un algún pueblo tiranizado, por humanidad decidan emplear sus fuerzas librándolo del yugo del tirano y la esclavitud.” 

Pienso que este fin de semana, podemos darnos un tiempo para recobrar cierta fe, no en las figuras que están en el juego, sino más bien, en nosotros mismos, en como desde la ciudadanía y desde los ideales podemos repensar nuestra configuración de poder. Porque si bien hay faltan de líderes reales, la esencia de lo que nos mueve a vivir en armonía como ciudades (o como islas) permanece en nuestras relaciones como comunidades. 

¿Qué nos define? ¿Qué valores? ¿Cuáles son nuestros códigos de ética como ciudadanos? Eso mis estimados amigos, vale la pena repensar. A raíz de un ejercicio que está retomando poco a poco su valor en nuestro tan dolido país: El voto. Llegará el momento utópico en donde quienes resguarden el poder tengan respeto por la manera en que se conducen hacia los ciudadanos, porque ellos algún día votaran para dar oportunidad o para castigar. Y entonces todos sabrán que un voto es tan valioso como miles. Esa es la utopía que quiero creer a propósito de este fin de semana. 

   
   

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