C´est la vie, Por ahí...
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Los pies dentro del mediterráneo….

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España…
Es como despertar de un sueño. Uno hermoso. Cálido. impresionante. Increíble. España me dió miedo, me sorprendió, exprimió hasta la última gota de mi energía, y dejó un sabor extraño, como cuando pruebas el caldo de la abuela y detona las memorias de tu niñez.
España significó el cobijo de toda la gente que me quiere. El viaje solo pudo ser posible porque estuvieron ellos. Porque dios guió la logística de la travesía desde arriba y lo convirtió en un cuento de hadas.
Recuerdo la tarde entre las paredes de las catedrales, el color de las piedras. Lo bello que es el cielo de Barcelona, y el silencio que se siente en los jardines de Montjuic. Dormir 5 horas diarias, levantarse contra la fuerza de la gravedad y el cansancio para ir a clases, tomar el tranvía y luego dos metros, caminar muchísimo y llegar a saturarse de cultura. Comer sin limones verdes y añorar la tortilla. Cargar miles de folletos mientras tomas fotos con una mano y cargas la video en la otra, tratando de que la mirada alcance los 360° de visión para no perder ni un solo segundo de lo que está pasando. Sentarse a comer un baguette al pie del teatro lisceu, y entrar a la catedral del mar en el momento exacto de unos votos matrimoniales y escuchar el ofertorio de un coro angélical sobre los vitrales de luces. Llegar muerta a la cama y extrañar tu tierra, pensar en que es un tiempo que no puedes desaprovechar y no hay tiempo para la nostalgia. Volverte fuerte, sacar la casta. Saborear cada pedazo de paisaje. Extrañar el warner channel. Y tomar sólo un sorbo de café porque es groseramente intenso el de los europeos.
Cuando escuchas al capitán del avión que dice: “tiempo estimado de vuelo: 11 horas, y estaremos sobre el atlántico a una altura de…” piensas, que realmente, debes de tener muchas agallas para tomar 7 cambios de ropa y calcetines para 15 días, gastar 11 mil pesos de pasaje, dejar dos semanas de trabajo en pleno festival y organización de un estreno de la compañía de danza, para pensar: “dios mío, ¿y si esto se cae en el atlántico?” y peor aún… estoy sola.
En el checklist de Dios, bendito sea, me agregó de última hora (y cuando digo última hora, ¡verdaderamente es a última hora!) a dos ángeles que nos cuidaron y como yo les dije: “Barcelona no hubiera sido lo hermoso que fué sino hubiera sido por ellos”. Sharo y Jesús, les debo 17 días de los más hermosos de mi vida. Dios bendiga el tamarindo.
Ahora me doy cuenta de que no tengo una foto del mar mediterráneo con la luz del día, o el atardecer. Pero enseguida de mi computadora tengo en un frasco una porción de él. El plano de la ciudad pegado en mi pared. La guía del metro que fué mi fiel acompañante en los momentos más oscuros de mi excelente sentido de ubicación geográfica….una información en catalán, y el periódico que me dieron en IBERIA el día que llegamos a Madrid. Los libros de mi maestría, y un libro de Toni Puig con hojas de los árboles del cerro más alto de Barcelona.
España fué toda una epifanía y se queda conmigo en lo más dentro de mi esencia. España significó poderlo todo, alcanzarlo todo, quererlo todo.
España…fué el perfecto escenario para el cambio de piel, y todo comenzó el último día de mi estancia, con los pies dentro del agua del meditarraneo, escuchando a mi miedo alejarse poco a poco, respirando la sal y sintiendo la noche sobre la cabeza.
España fué… el punto ciego entre mis fuerzas y mis deseos.

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